jueves 2 de julio del 2026
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Súper Niño, Súper Excusa: Crónica de un huaico anunciado

Súper Niño, Súper Excusa: Crónica de un huaico anunciado

Bienvenidos al Perú, ese indiscutible paraíso del realismo mágico de instituciones donde el Océano Pacífico puede hervir a más de 24 grados en pleno invierno, pero lo único que verdaderamente nos hace sudar frío es el cambio de gobierno, pues mientras la comunidad científica internacional grita a los cuatro vientos que se nos viene un «Súper Niño» con anomalías térmicas históricas, nuestra mayor preocupación climática a nivel nacional es intentar predecir cuántos ministros sobrevivirán a su primera semana en el cargo, o si el Congreso saliente nos dejará el raspado de la olla fiscal. Así de absurdos y cortos en los plazos somos, para el aparato estatal, la prevención de desastres avanza con la misma vertiginosa y frustrante velocidad que el tráfico en trodo el Perú un viernes por la tarde, tenemos autoridades rimbombantes, como la Autoridad Nacional de Infraestructura, que apenas ejecutan la mitad de su presupuesto, como si el desborde y el lodo fuesen a esperar, con mucha cortesía a que el funcionario de turno selle el expediente técnico, y no contentos con esto, el epicentro de este escenario de película, ocurrirá en la transición de mando este 28 de julio de 2026.

Pero para entender nuestro nivel de distopía, no hace falta mirar al Estado; a veces basta con mirar nuestro alrededor, el mercado, con esa amoralidad fascinante que lo caracteriza, nunca pierde la oportunidad de lucrar con la tragedia, por ejemplo y como si se tratase de un meme, el retail nos ha regalado su última genialidad: la desvergonzada campaña publicitaria «Kids Capsule Niño». Sí, han leído bien. Mientras el país cruza los dedos para no desaparecer bajo el agua, alguna marca decidió que era brillante lanzar una «colección cápsula» infantil inspirada en la anomalía climática.

Ahí están en los catálogos: modelos infantiles rubios luciendo prendas de diseñador en tonos pastel y demás de polímero ecológico a precios nada bajos, diseñados para el «falso invierno» costeño, obvio, todo en una burbuja. Es el apogeo de la desconexión social, la comercialización del apocalipsis, un plan de venta del desastre que te comercializa ropa mientras las verdaderas víctimas pierden sus casas de adobe porque el Estado olvidó construir un muro de contención.

Pero siguiendo toda la historia, el inicio del mandato presidencial de Keiko Fujimori coincide, de manera milimétrica y poética, con el pico de ebullición proyectado para el océano, es una sincronía que llega hasta humor negro. Pero, ¿cómo cambias la conversación o pides «confianza y unidad» cuando el agua te llega literalmente al cuello y tu propio historial político hace que medio país te mire con lupa? No hay estrategia que pueda maquillar un huaico llevándose un puente recién inaugurado.

Para entender la magnitud de la farsa burocrática, hay que ver cómo nos empacan la ciencia en los noticieros, pues, por un lado, el ENFEN nos habla de magnitudes «fuertes» en nuestras costas, con comunicados oficiales que parecen redactados por un abogado temeroso de una demanda. Por otro lado, la NOAA estadounidense y la Organización Meteorológica Mundial apuntan al Pacífico central y nos dicen, directo y sin anestesia, que la anomalía superará los +2.5 °C, en términos simples: el mar es una inmensa olla de presión, y nosotros estamos sentados justo sobre la válvula de escape. No se trata de si va a llover, se trata de la cantidad y si nos va a quedar mapa político después.

Sin embargo, la respuesta política tradicional ante estas crisis es siempre predecible y dolorosamente familiar, la declaratoria del «Estado de Emergencia». En el idioma de la burocracia peruana, un estado de emergencia no es una llamada a la eficiencia, es un pase libre, una tarjeta dorada para saltarse la incómoda fila de la Ley de Contrataciones del Estado y de pronto, empresas fantasmas que ayer vendían suministros de oficina, hoy alquilan motobombas y retroexcavadoras a precios que harían palidecer a un jeque, considerando la extrema y justificada desconfianza ciudadana frente al nuevo régimen, el verdadero huaico no será solo de lodo y piedras en el norte. El alud más destructivo será de adendas millonarias, consultorías elaboradas en Word en tres horas y resoluciones de exoneración firmadas a la medianoche, esa en mi opinión va a ser la verdadera inundación que amenaza al erario nacional.

Y mientras la atención mediática y los reflectores políticos apuntan ansiosamente hacia la costa norte, viendo cómo Piura, Tumbes y Lambayeque ruegan para que sus drenajes a medio hacer aguanten el diluvio, aquí, en el corazón del Valle del Mantaro y a lo largo de la sierra central y sur, la tragedia del Súper Niño se vive al revés. Nosotros, no miramos el cielo con terror de que se caiga a pedazos, sino que lo miramos despejado e implacable, rogando por una solitaria nube, pues el fenómeno altera los vientos, bloquea la humedad amazónica y nos roba las precipitaciones. Mientras la costa se ahoga en el exceso, la sierra muere de sed.

Es exasperantemente fácil perder de vista esta dualidad desde nuestras cómodas burbujas urbanas. Quizás estemos sentados un martes por la noche en la butaca del Cinemark del MallPlaza Huancayo, esperando los tráilers, devorando una canchita salada gigante que acabamos de pagar en cinco segundos escaneando un QR con Plin o Yape, pues en ese espejismo de hiperconectividad, viendo noticias en el celular antes de que se apaguen las luces, vemos a la gente del norte rescatando sus refrigeradoras en botes. Pero ignoramos que, a poquísimos kilómetros de esa comodidad climatizada, la rica tierra agrícola de Junín se está convirtiendo literalmente en polvo inerte.

Es deprimente observar cómo el Congreso que se despide ha dinamitado entusiastamente las reservas del Ministerio de Economía y Finanzas, han aprobado, guiados por el aplauso fácil, una catarata de leyes que comprometen el futuro del país por décadas y esto ha dejado la caja chica vacía en la víspera de la madre de todas las batallas climáticas. El nuevo ministro tendrá que hacer magia negra para encontrar presupuesto, y cuando el dinero no alcance, la culpa rebotará entre todos los poderes, terminando en un circo de excusas donde nadie asume la responsabilidad.

El Súper Niño del 2026 y 2027 dejó de ser una amenaza abstracta dibujada en un modelo computacional gringo, es ahora nuestra realidad ineludible. La naturaleza, con su fuerza implacable, hará su trabajo y dejará caer el agua donde la gravedad lo dicte, pues al final no hay ideología política en el océano Pacífico.

Pero la auténtica catástrofe histórica que dejará cicatrices imborrables en nuestra economía no se mide en milímetros de lluvia, se mide en las decenas de proyectos de drenaje pluvial encarpetados por desidia, en los perfiles técnicos de defensas ribereñas mal hechos, y en los millones de soles que, con total seguridad, se perderán en licitaciones groseramente direccionadas al compadre del funcionario de turno. Esa es la tragedia monumental que no es culpa de la corriente de Humboldt, sino de los adultos que nos gobiernan.

Ya es hora de inyectar una dosis de sentido común a esta locura nacional, pues si sabemos que el techo tiene goteras inmensas, no esperamos a que llueva a cántaros para salir a comprar paraguas, subimos y arreglamos el techo. Pero en el Perú hemos perfeccionado el nefasto negocio de vender paraguas rotos a sobreprecio, mientras fingimos una indignación total cada vez que nos mojamos hasta los huesos. El inminente fenómeno natural pondrá a prueba nuestra infraestructura, pero no nos equivoquemos: la verdadera y más destructiva tormenta será intentar sobrevivir, una vez más, a nuestra propia clase política. Ajusten sus cinturones, ahorren lo que puedan y, por lo que más quieran, no confíen sus vidas a los sacos de arena a medio llenar que pone la municipalidad. Porque, si algo siempre hemos demostrado, es que las crisis siempre nos terminan desnudando. Que la cordura nos agarre confesados.

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