martes 30 de junio del 2026
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Una columna de J. J. : «Mi primer voto»

"Cuando los resultados quedaron oficializados, acepté que esa sería la elección que tendríamos que enfrentar. Como muchos ciudadanos, dejé atrás la expectativa con la que había vivido la primera vuelta y esperé la segunda con sentimientos muy distintos".

Una columna de J. J. : «Mi primer voto»

"Cuando los resultados quedaron oficializados, acepté que esa sería la elección que tendríamos que enfrentar. Como muchos ciudadanos, dejé atrás la expectativa con la que había vivido la primera vuelta y esperé la segunda con sentimientos muy distintos".

Escribe: J. J.

No recuerdo en qué momento específico despertó en mí un gran interés por la política; solo sé que fue a una edad muy temprana. Desde niña soñaba con ver a mi Perú gobernado por un buen presidente, alguien con liderazgo, visión y conciencia social. Crecí viendo cómo muchos de quienes llegaban al poder prometían grandes cambios que nunca terminaban de concretarse.

Quizá por eso, desde muy pequeña, me hice una promesa: cuando llegara el momento de ejercer por primera vez mi derecho al voto, sería una ciudadana responsable. No elegiría a un candidato por costumbre, por simpatía o porque alguien más me lo dijera. Investigar sería mi forma de cumplir con el país.

Y, en un abrir y cerrar de ojos, llegó ese día: 12 de abril de 2026.

La primera vuelta
Aquella mañana llegué junto a mi mamá a nuestro centro de votación. Era mi antiguo colegio de secundaria, un lugar que conocía de memoria, pero que se sentía completamente distinto. Esta vez no iba como estudiante. Iba a votar por primera vez.

Mientras caminaba hacia mi aula sentía una mezcla de emoción y nervios. Observaba a las personas entrar y salir de los salones con una tranquilidad que contrastaba con todo lo que yo llevaba por dentro.

Primero ingresó mi mamá a emitir su voto y yo me quedé esperándola en el pasillo. Sin darme cuenta, seguía con la mirada cada uno de sus movimientos, como si intentara memorizar el procedimiento para no equivocarme cuando llegara mi turno.

Finalmente llegó mi momento.

Cuando recibí la cédula entendí por qué tantas personas la comparaban con la carta de un restaurante. Era enorme. Aunque ya había visto fotografías en redes sociales, tenerla frente a mí era completamente distinto.

Cuando recibí la cédula entendí por qué tantas personas la comparaban con la carta de un restaurante. Era enorme. Aunque ya había visto fotografías en redes sociales, tenerla frente a mí era completamente distinto.

Respiré hondo y observé que mi mano temblaba ligeramente mientras sostenía el lapicero. Durante unos segundos recordé las horas que había dedicado a leer propuestas, revisar antecedentes y comparar candidatos para la Presidencia, el Senado y la Cámara de Diputados. Entonces marqué mis elecciones. Todo el proceso me tomó menos de un minuto.

Mis manos seguían temblorosas, pero traté de doblar cuidadosamente la cédula y la deposité en el ánfora. Firmé el padrón, coloqué mi huella digital y salí del aula.

No sabría explicar exactamente qué sentí al salir. Fue una mezcla de alivio, tranquilidad y orgullo. Por primera vez comprendí que ya no era solo una espectadora de la política. Acababa de ejercer una responsabilidad que llevaba años esperando asumir. Más allá del candidato que había elegido, lo que realmente me dejó en paz fue saber que mi voto había sido un voto informado.

Al regresar a casa prendimos las noticias y nos llevamos una sorpresa. Algunos locales de votación no habían podido abrir con normalidad debido a problemas de organización relacionados con el material electoral.

Lo que más me indignó fue descubrir que no se trataba de un caso aislado. Eran varios locales y, como consecuencia, muchos ciudadanos no podían ejercer plenamente uno de sus derechos más importantes. Me resultaba difícil entender cómo un proceso tan trascendental para el país podía verse afectado por fallas que parecían haberse podido evitar.

Para distraerme un poco de esa situación, escribí a algunos de mis amigos para preguntarles cómo les había ido. Uno de ellos me confesó que había sentido miedo de votar porque no había investigado lo suficiente y temía equivocarse. Me dijo que solo había visto algunos videos en TikTok y algunos reels sobre los candidatos, pero que sentía que eso no bastaba para tomar una decisión tan importante.

Aquella conversación me hizo reflexionar. Comprendí que muchos jóvenes estaban construyendo su opinión política principalmente a partir de videos cortos, publicaciones virales o comentarios en redes sociales. No creo que expresar ideas políticas esté mal; al contrario, me parece una muestra de una sociedad democrática. Lo preocupante es cuando dejamos de investigar por nuestra cuenta y terminamos depositando toda nuestra confianza en algoritmos que solo nos muestran una parte de la realidad.

Pasaron las horas hasta que llegó el momento del famoso flash electoral, ese instante que desde niña veía junto a mis padres con una mezcla de nervios y expectativa. Cada cinco años, la cuenta regresiva me producía la misma sensación: miedo por el rumbo que podía tomar el país.

Esta vez no fue diferente.

Cuando aparecieron los primeros resultados, volví a sentir ese nudo en el estómago que tantas veces había experimentado frente al televisor. Ninguno de los candidatos que encabezaban la votación era aquel por quien yo había apostado después de meses de investigación. Más allá de que mi opción no hubiera obtenido el respaldo esperado, lo que realmente me preocupó fue pensar que, una vez más, el Perú parecía enfrentarse a una elección marcada más por la resignación que por la esperanza.

Durante las semanas siguientes seguí el conteo electoral casi de manera obsesiva. Actualizaba constantemente la página de la ONPE para ver cómo avanzaba el escrutinio y si algo cambiaba. Sin embargo, conforme pasaban los días, el panorama se iba definiendo y también comenzaba a instalarse una sensación que percibía en muchas conversaciones: la incertidumbre.

Finalmente se confirmó quiénes disputarían la segunda vuelta. Desde ese momento empecé a notar cómo gran parte del debate público se reducía a una sola idea: «la derecha contra la izquierda». Parecía que todo se resumía a elegir un bando, dejando de lado la discusión sobre las propuestas, la trayectoria y la capacidad de quienes aspiraban a gobernar el país.

Personalmente, esa forma de entender las elecciones me preocupaba. Sentía que el verdadero debate no debía limitarse a una etiqueta ideológica, sino centrarse en las personas que ocuparían el cargo y en lo que habían demostrado antes de pedir nuestro voto.

Finalmente se confirmó quiénes disputarían la segunda vuelta. Desde ese momento empecé a notar cómo gran parte del debate público se reducía a una sola idea: «la derecha contra la izquierda». Parecía que todo se resumía a elegir un bando, dejando de lado la discusión sobre las propuestas, la trayectoria y la capacidad de quienes aspiraban a gobernar el país.

Cuando los resultados quedaron oficializados, acepté que esa sería la elección que tendríamos que enfrentar. Como muchos ciudadanos, dejé atrás la expectativa con la que había vivido la primera vuelta y esperé la segunda con sentimientos muy distintos.

La segunda vuelta
El día de la segunda vuelta desperté desanimada. Ya no sentía la misma emoción que tuve en la primera vuelta de las elecciones.

Primero acompañamos a mi papá a su centro de votación y, después, nos dirigimos al local donde votaríamos mi mamá y yo.

El procedimiento era exactamente el mismo. Sin embargo, yo ya no estaba nerviosa por no saber qué hacer. Esta vez mis nervios tenían otro origen: tenía miedo de equivocarme.

Cuando recibí la cédula, me quedé observándola durante varios segundos. Era mucho más pequeña que la de la primera vuelta. Paradójicamente, esa simplicidad me intimidó mucho más. La primera cédula me había parecido enorme por la cantidad de candidatos, pero la segunda me intimidó por el peso de la decisión que representaba.

Respiré hondo, reuní el valor para marcar mi elección y deposité la cédula en el ánfora.

Al salir del aula sentí una tristeza difícil de explicar. No era tristeza por haber votado, sino por la sensación de estar eligiendo entre las únicas alternativas que habían quedado.

Caminé hacia la salida con una mezcla de resignación, incertidumbre y esperanza de no haberme equivocado. Mientras veía a otras personas abandonar el local de votación, no pude evitar preguntarme cuántas de ellas estarían sintiendo exactamente lo mismo que yo.

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