Escribe: Jana Jonovilca
La ciudad me atormenta,
los autos también,
y qué decir de la bulla maldita
que ni al llegar a casa me deja en paz.
Recuerdo y recuerdo
aquello que mi voz no reproduce.
Entonces, al entrar al dormitorio,
tomo el lapicero, la música
y una sonrisa,
mientras las palabras en el papel
explican mi tormento.
Me escapo y me divierto en mi propio mundo,
sin necesidad de perderme,
sin necesidad de droga ni alcohol.
No requiero comprar dicha sustancia:
necesito la droga de la vida,
esa que recorre mis venas
y atraviesa un ser mío desconocido,
sin gastar un céntimo,
solo tinta.
Tampoco necesito del alcohol,
ni de ida ni de vuelta,
ese que dicen te hace salir del fondo,
porque ya bebo el propio alcohol
de la vida y del existir:
poseedor de pasión, dolor, amor e ilusión,
el que me cuestiona
y, aun así, me hace sentir plena.
Pocos entienden la droga
y el alcohol de la vida misma.
No todos se atreven a buscarlos:
solo los valientes desean encontrarlos,
los demás prefieren atajos prestados.
Para fantasear y cometer locuras,
sin importar la multitud,
solo necesito mi propia droga y alcohol,
los que bombean del corazón a las venas
y de las venas al corazón.
El día en que descubran
la sustancia que habita en ellos,
entenderán que no hace falta
una gota ajena
para sentir,
para soñar despiertos.
Entonces serán adictos de ella:
cada mañana,
cada tarde
y cada noche.


