Escribe: Amaranta Huisa
Dicen que mi vientre es de fértil simiente,
que siendo madre soy mujer completa;
que se puede ser madre buena
o bien profesional,
pero nunca ambas a la vez.
Dicen que estoy hecha para ser valiente,
que mis llagas me las merezco
por no saber ser esposa,
por no esperar en casa
con la comida caliente,
por no ser buena en la cama
y por tantas otras cosas.
Dicen también
que soy débil,
que lloro por cualquier cosa,
que todo lo que me ocurre
me lo gané a pulso.
Mas no vieron las llagas que cargo
por costumbres recurrentes
que patrones culturales desdeñaron.
Mas no vieron
las nubes que cubren mi destino,
por desigualdades
en el rincón de la casa,
en el salón de la escuela
o en el banco de la plaza.
Mas no vieron las llagas
en mis rasgos andinos,
cargas recurrentes
que nadie avizora,
por creer en clases sociales
que atan y desatan libertades.
Tampoco vieron
que hilvanaba tertulias que no cuestan
más que risas y anécdotas
de esperanzas perdidas.
Mujeres sororas nacían los miércoles,
tejiendo misiones propias y colectivas,
gritando, fuertes y suaves, sus sueños profundos.
Tampoco vieron
que florecía en invierno con alas quebradas,
curadas con bellas palabras.
Ahora me presento, ¡Flor de Primavera!
contemplo mis ojos como espejos del alma,
carcasa descompuesta que veo con calma.
¡Flor de Primavera, sorora libertaria!
que canta su aroma,
versando su lucha colectiva,
dejando de lado lo que dicen de una:
sea mujer, madre o profesional,
aún se es humana.
Ahora me presento,
proclamando con fuerza
que siempre fui, soy y seré:
¡siempre Flor de Primavera!
Cantuta agraciada o flor de retama,
titanka añorada o paja brava;
pero siempre,
¡Flor de Primavera!


