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Crónica: Mataron al Che en la UNCP

Crónica: Mataron al Che en la UNCP

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Por:
Fabiola María Quijada Caro (*)

Durante el conflicto armado interno en el Perú, el país se sumió en tiempos oscuros. El miedo predominaba en las calles, generando desconfianza entre los ciudadanos, que temían ser vinculados con Sendero Luminoso (SL) o el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA).

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Lastimosamente, la Universidad Nacional del Centro del Perú se convirtió en un espacio de confrontación, donde cada grupo miraba sus propios ideales, convirtiendo esta casa de estudios en un lugar de conflicto, posesión y pérdida de vidas humanas.

En aquel tiempo, la actual facultad de Ciencias de la Comunicación estaba ocupada por la facultad de Administración, cuya exalumna narra aciagos acontecimientos de su época de estudiante. En su primer año, por ejemplo, fueron sacados de las aulas y llevados a la entrada principal, cerca de la puerta N°1. Ahí, les ordenaron bajar la mirada, pero que pusieran atención a lo que iban a escuchar. Dos cilindros fueron colocados al lado de un integrante de SL, con la cabeza cubierta un hombre era acusado de infiltrado. Sumergieron su cabeza en uno de los cilindros, probablemente lleno de agua. Era una forma de advertir que cualquier informante dentro de la universidad no tendría un buen fin. Posteriormente, se llevaron al hombre y su destino quedó envuelto en el misterio. Ella piensa que la intención era sembrar miedo en los estudiantes, para que no delataran las cosas que sucedían dentro de la universidad.

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Antigua facultad de administración
Facultad de ciencias de la comunicación actualidad

Aunque no ocurría con frecuencia, en ocasiones era necesario evacuar la universidad de manera repentina. “De un momento a otro podías escuchar un dinamitazo y en ese momento debíamos salir de nuestros salones, entre compañeros nos ayudábamos a trepar los muros para salir”. Algunos optaban por dirigirse hacia Cajas, mientras que otros tomaban la ruta del Ferrocarril para evitar pasar junto al grifo posterior, donde se avistaban tanquetas militares.

En aquellos tiempos podías ver las pintas de pintura rojas (SL) y negras (MRTA) en los salones o en las paredes. Era un marco terrorífico. Pero lo que más la marcó fue cuando perdió a un compañero que corrió en el Maratón de los Andes y que era guardián de la entrada en la universidad. Recuerda que vio a sus compañeras llorando, se acercó y les preguntó qué pasaba. “¡Mataron al Che, mataron al Che!”, exclamaron ellas. Ernesto Che Inga López era un estudiante de Administración que apareció colgado en un árbol frente a la biblioteca, que ella vio cuando realizaban el levantamiento del cuerpo. La Comisión de la Verdad y Reconciliación cuenta que tenía 25 años de edad, que falleció el 29 de octubre de 1990 de “insuficiencia respiratoria por sangrado masivo de grandes vasos del cuello, producido por arma cortante de necesidad súbita y mortal, producido por mano ajena”. El Che apenas unos días antes los había animado a que lo acompañaran en el maratón, pero al día siguiente de la competencia, lo hallaron sin vida. Este trágico suceso dejó una huella dolorosa en la memoria de sus compañeros, que lo recuerdan con cariño y admiración por su humildad y servicio.

Pintas en salones de la universidad


Otro momento difícil de olvidar fue la toma de la universidad
. Fue en la tarde cuando el Ejército entró, mientras estaban en clases. Por la ventana escuchaban dinamitazos y balazos. Los gritos estaban por todos lados, hasta que por el pasillo se escuchaban voces de militares con lenguaje vulgar que les exigían salir de las aulas. Ellos no sabían si obedecer o no, hasta que un soldado abrió la puerta de una patada: “¡Salgan con las manos para arriba!”. En el exterior, la escena era desgarradora. Los gritos de terror resonaban con las explosiones, en lo que hoy son las puertas N°4 y N°5. Esa zona estaba abarrotada de estudiantes, quienes fueron alineados en filas. Un soldado estaba tendido en el suelo. “No sé si estaba muerto o herido, pero parecía un muñequito en una esquina”, recuerda la testigo.

La fila avanzaba, pero ella sentía que el tiempo se detuvo. Al estar cerca les asignaban un letrero con un número y les tomaban una fotografía, que perdura en su memoria. Pero el momento más traumático, aquel que aún evoca lágrimas en sus ojos, era ver que algunas personas eran retenidas, las arrojaban al suelo y las pateaban sin misericordia. Algunos no estaban involucrados, sino que eran parejas o familiares, atrapados en el torbellino de una realidad despiadada. Pese a este testimonio, la CVR relatan este momento como “una intervención militar pacífica”.

Ingreso de los militares en la toma de la universidad

En esos días, salir por las puertas de la universidad y regresar a casa era como despertar de una pesadilla. El miedo y el terror te envolvían como sombras persistentes. Aunque intentaras compartirlo con tu familia, el palpable escalofrío de la experiencia es algo que solo comprenden aquellos que vivieron en carne propia. Al final del día, más allá de las cicatrices y el dolor que persiste en la memoria de los testigos, la Universidad Nacional del Centro del Perú sigue siendo un testimonio viviente de resiliencia y determinación, con estudiantes que, a pesar del miedo, continuaron estudiando hasta que culminaron sus estudios. Y aunque las sombras del pasado se ciernen sobre sus pasillos, cada nuevo amanecer trae consigo la esperanza de reconstruir y aprender de las lecciones más duras de la historia.

(*) Producto del curso de Periodismo Interpretativo de Estudiantes del IV Semestre de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional del Centro del Perú.

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