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Crónica: Los hombres de la madrugada en Huancayo

Crónica: Los hombres de la madrugada en Huancayo

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Por:
Gimena Liseht Adriano Adriano

Giorgia Ramos Cabezas (*)

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Cuatro y media de la madrugada. El frío de diciembre penetra hasta el más grueso abrigo. Las calles oscuras se ven iluminadas por una tenue luz del alumbrado público. Mientras otros duermen, hay quienes se despiden de las estrellas aún titilantes para saludar a la rutina diaria. Los comerciantes informales acondicionan sus puestos en las aceras de las calles Ica y Ferrocarril, en Huancayo.

Las primeras luces de la mañana iluminan las paredes de los puestitos de madera con techos de calamina. En la esquina, donde la calle se tropieza con el mercado Raez Patiño, la silueta de una pareja de ancianos se recorta contra la luz mortecina de un farol.

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Doña Isidora, con sus manos arrugadas pero firmes, empareja cuidadosamente sus hierbas sobre una manta descolorida. Su desgastada pollera, alguna vez de un color vibrante que ahora es difícil de adivinar, cuelga sobre su delgada figura, testigo de mil historias escondidas en cada remiendo. A su lado, don Máximo se frota las manos, como un gesto inconsciente para protegerse de la gélida mañana. Su polo blanco, percudido por tanto uso, le queda grande, como si con el tiempo su cuerpo se hubiera encogido.

En los ojos de ambos, sin embargo, reside una chispa de juventud incongruente con la palidez de sus rostros castigados por el frío, que observan a los clientes que se aventuran por el lugar, esperando encontrar en ellos el alivio que ofrecen sus hierbas: chupasangre para el golpe, emplastos para los huesos cansados y remedios para las dolencias que no puede curar la medicina. Pasan los minutos y el frío se hace más intenso, pero sus esperanzas no se apagan. Saben que pronto los primeros clientes pasarán por allí conscientes del poder de la naturaleza en una hoja o una raíz. Los ancianos les ofrecerán una sonrisa y quizás una charla amena en quechua que les hará olvidar por un momento el amanecer.

Mamay, rantiway kay hierbapi (1).

Ahí estarán mañana y el día después, mientras sus cuerpos lo resisten y mientras haya quien valore el espíritu de la tierra en las hierbas que con tanto cuidado han recogido para sanar otros corazones.

II

Cinco en punto de la madrugada. Las sombras aún abrazan las calles y solo el murmullo de los comerciantes rompe el silencio. Entonces, emerge la figura de Abigail, una madre luchadora, que va y viene por la calle Ica. Su presencia, como un faro en la oscuridad, es el eco de la dura realidad del comercio informal que florece en las primeras horas del día. Con el cabello negro revuelto por el viento y la piel mestiza marcada por los rayos del sol, Abigail se posiciona en su espacio habitual. Con dos chompas para mitigar el frío, cuida con determinación una mantada de color azul repleta de limones, colocados meticulosamente sobre el pavimento rugoso. A su lado, como un fiel compañero de travesía, reposa un chiquillo de apenas 11 meses, abrigado con un gorro amarillo que apenas protege su cabecita, una chompita del mismo color, y un chaleco verde. Entre risitas y la curiosidad infantil, el niño se deleita con una galleta que se convierte en su desayuno, ajeno al trajín de aquel escenario matutino.

Las primeras luces del alba comienzan a relucir estas calles, pero para Abigail, el día ha comenzado hace horas. Desde antes del amanecer, ella emprende su jornada luchando por un sustento digno para su pequeña familia y ofreciendo sus limones a aquellos comerciantes que compran al por menor. En su vida, cada amanecer es una oportunidad para ganar algo de dinero y darle un mejor futuro a su pequeño motivo de fortaleza. Las dificultades y la precariedad no son obstáculos para menguar su entereza. Su rostro marcado por el sol y sus manos curtidas por el trabajo reflejan una historia de resistencia. Detrás de cada limón que coloca en su improvisado puesto callejero, se encuentra la esperanza de un mañana mejor para su hijo, un anhelo que impulsan sus movimientos. En medio de la informalidad que la rodea, Abigail es el reflejo de una lucha silenciosa, pero no menos importante, que se repite en incontables rincones del país.

Mientras las horas avanzan y el sol empieza a elevarse en el horizonte, Abigail recoge su costal azul, a su hijo en brazos, y con la mirada puesta en el futuro, se retira con la satisfacción de haber dado lo mejor de sí en una batalla diaria por la supervivencia. En la calle Ica, la historia de Abigail se repite en muchas mujeres del comercio informal, que con coraje y sacrificio forjan sus mañanas de trabajo.

III

Cinco y media de la mañana. En el corazón del viejo mercado Mayorista, antes de que el sol despunte y en las calles resuene el tumulto, hay un hombre que despierta en la quietud de la madrugada. Don Rómulo, un anciano de edad incierta y con el rostro surcado por la experiencia, utiliza una tela blanca alrededor de su cintura y una chompa como escudo ante el frío de las mañanas huancaínas. Su compañero de lucha, un triciclo de metal desgastado por el tiempo, es testigo silencioso de su diaria batalla por la subsistencia. Cuando las estrellas todavía no deciden dar paso a la aurora, Don Rómulo se levanta con una determinación que pocos podrían adivinar en su cuerpo encogido. A esa hora, donde el frío se apodera de las sombras, él inicia su ritual: se arropa con un viejo suéter lleno de historias, se calza sus botas gastadas y, tomando un gorro que contiene el calor de sus años, sale de su humilde morada.

La calle lo recibe con un silencio expectante, mientras él se dirige hacia el triciclo con las manos temblorosas pero seguras, ajusta las correas y revisa cada rueda, cada tornillo, preparándose para la jornada. Cada movimiento es calculado, una rutina aprendida a lo largo de incontables amaneceres. A medida que el mundo duerme, el motor de su jornada comienza con la carga de los primeros sacos: pesados, repletos de frutos del campo, de verduras frescas y otros insumos que nutrirán los puestos del mercado y las bodegas de los distritos alejados. Don Rómulo los apila cuidadosamente en su triciclo, sudando bajo sus ropas, su respiración convertida en un vapor visible en el aire frío. Su cuerpo tiembla, no por miedo, sino por la lucha constante contra el peso y el tiempo, contra una edad que intenta, sin éxito, doblegar su espíritu.

Tras cargar su vehículo, se lanza a las calles aún desiertas, pedaleando con una fuerza que contradice su menudo físico. Cada giro del pedal es un rechazo al descanso y al retiro que otros le insinúan. Mientras la ciudad bosteza, él ya está avanzando, cargando los pesados sacos de papa y las bolsas de compra de sus clientas. No hay otra cosa más devota que su rutina, ni figura más puntual que su silueta recortada contra los primeros rayos de luz. Los comerciantes que al igual que él, llevan trabajando hace tiempo, lo saludan con respeto. Una señora, con un gesto de complicidad, alza su taza de leche de vaca pura hervida y humeante invitándolo a tomarse un vasito. La leche ofrece un cálido alivio a sus manos, pero Don Rómulo apenas se detiene, bebe con rapidez, asintiendo con gratitud, y vuelve al camino.

Nunca cobra por demás, pero su desgastado “canguro” guarda cada moneda ganada como si fuera oro. La dignidad, combustible de su día a día, es el elemento más preciado en su intercambio diario. Así transcurre la mañana para el anciano del triciclo, en un vaivén incesante de esfuerzo y constancia. El reloj avanza y, con el ascenso del sol, el mercado se llena de bullicio. Don Rómulo se permite un breve descanso, su jornada está cumplida, sus clientes ya tomaron el taxi para dirigirse a sus puestos en los mercados y bodegas. Él también se va a descansar porque sabe que mañana será otro día de trabajo en otra madrugada fría de Huancayo.

   (1)“Mamita, cómprame esta hierba”; traducido al castellano del quechua wanka.

(*) Producto del curso de Periodismo Interpretativo de Estudiantes del IV Semestre de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional del Centro del Perú.

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